El relato de la letra/ la letra del relato

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Por Ana Porrúa, para BazarAmericano.com

Sobre: Al pie de la letra. Cuadernos de Lengua y Literatura Vol. 5, de Mario Ortiz, Bahía Blanca, 17grises editora, Colección "Literal/texturas", 2010.

“Algunas cosas, antes de desaparecer, cantan”

“Una pupila girando en torno a un alfabeto genera un relato”

1. Al pie de la letra es el volumen V de una serie, la única serie en la poesía de Mario Ortiz, Cuadernos de Lengua y literatura. El eje del libro es la letra: como aprendizaje de un trazo articula la primera parte “La maestra- Las primeras letras (El Yo)”; allí la letra está asociada a la infancia, a los primeros abecedarios -las letras de plástico y el cuadernillo de caligrafía- y supone una vuelta hacia atrás, retornar al elemento mínimo de la escritura, a los primeros acercamientos a la letra y a la filología. La segunda parte, “Los maestros tipógrafos (Los otros)” recupera los distintos diseños asociados a la tradición o a las revoluciones modernas; la letra es ya, definitivamente, un hecho colectivo, histórico y político; la tercera, “El neón”, desata, a partir de los carteles luminosos, una lírica de la letra que seguirá los movimientos del cosmos; una química de la letra que será parte del deseo, de la memoria y de la literatura.
Si este tomo de Cuadernos de lengua y literatura habla sobre la letra, sobre los inicios de la escritura ¿no debería ser la apertura de la serie? No, porque Ortiz escapa a este tipo de pedagogía lineal, evolutiva y hace derrapar la idea de “Cuaderno de lengua y literatura”, aquellos libros o módulos en los que se reúne material para ejercicios y sobre todo, textos (antologías sin demasiado criterio más allá de la didáctica de la literatura y de la lengua) para que el alumno no vaya a los libros. Ortiz comienza por los libros, por las lecturas –Shakespeare, Deleuze, Aristóteles, Estacio, Juanele, entre otros– y lo que hace cada uno de los tomos es mezclar, poner a dialogar lo distinto, defraudar (felizmente) la pedagogía. Las lecturas sufren transformaciones, lo culto y lo popular no se distinguen; el tono puede ser solemne, racional, humorístico. Ahora, Ortiz vuelve a las letras, al inicio, para sacarlas a su vez del mero uso instrumental, porque “Tienen que pasar más de cuarenta años para que uno aprenda de nuevo.”
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Mario Ortiz, autor de Al pie de la letra


4. Si tuviese que definir en pocas palabras la poesía de Mario Ortiz anotaría, en principio, algunos rasgos que la hacen singular. Ortiz se mueve como pocos entre la narración y lo lírico (no se me ocurre otra forma de decirlo). La mayor parte de las veces hay una narración de base, pero lo interesante es que cuando menos se lo espera, aparece un territorio de concentración poética. Más que de metáforas deberíamos hablar de iluminaciones como el momento exacto en que lo visto se transforma en otra cosa o disemina sus atributos y presenta el reverso de aquello que se está contando. Así el Napostá es lodo y vientre de sapo rastrero, como aparece en la cita anterior, pero también una escena que remeda las iluminaciones de la pintura antigua: “Me enjuagué las manos. Formé un cuenco con las palmas y saqué un poco de agua. De pronto se volvió rosada, y chorrearon gotas rosadas; levanté la vista y tenía ante mí un cauce que había virado completamente al rosado. Un salmón serpenteaba entre el verde oscuro del musgo y las acacias, y emitía reflejos.”Antes, “El cielo estaba vetado de nubes alargadas que, poco a poco, viraban del blanco amarillento al rosado salmón.” y un poco más adelante, las letras “Son salmones y viajan en el tiempo.”
Espacios de concentración y contaminación lírica, decía, iluminaciones asociadas a los sentidos, que se abren en medio de la narración, siempre presente pero exacerbada en Al pie de la letra que desarrolla varios relatos: los lineales de la vida de los tipógrafos que son verdaderas biografías artísticas y culturales (Claude Garamond, Stanley Morison, Jan Tschichold, Paul Renner; los interrumpidos y siempre retomados, el del tío Plinio, fotógrafo, dedicado también a la serigrafía, que le regala su primer cuadernillo de letras, el de la visita a la casa paterna para cortar las ramas de la parra. En este caso, se ve claramente cómo lo habitual salta hacia otro lado porque las abejas que se comen las uvas pasan a ser mosquitas adentro de los ojos del que escribe, “se los están comiendo”. Y a la vez uno podría pensar en la relación de ambos insectos con las polillas imantadas por el neón de los últimos textos, es decir que también se conecta con las letras y el ojo que las mira.
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5. Escribir al pie de la letra supone, para Ortiz, el despliegue del doblez. La letra es brillo, resplandor, infancia, memoria, pero también es materialidad pura: quiénes hicieron esas letras, en qué circunstancias, cuáles fueron los modos de producción. Entonces, la tipografía romana tiene que ver con la difusión de la escritura (con la invención de la imprenta) y con El Lector Contemporáneo”, Lutero, que leía a solas, “sin la mirada censora de la Tradición Dogmática y de los Santos Padres de la Iglesia” y con la intolerancia religiosa que en el siglo XVI desata la masacre de La Noche de San Bartolomé en Francia. La tipografía de palo seco (sans serif) viene de la mano de las vanguardias estéticas del siglo XX, se asocia a la funcionalidad de la Bauhaus en un momento de exceso de mensajes y velocidad inusual de producción de mercancías; se necesita la letra que informe, que se aleje de la belleza para dar lugar a una nueva legibilidad y un nuevo lector.
La letra para Mario Ortiz es siempre política, no sólo cuando lanza a un imprentero a la hoguera o se asocia a procesos concretos, esos que lo llevan a observar en el Monumento a la Bandera de la ciudad de Rosario, “Las humildes palabras del pobre Belgrano, transcriptas en sobrias letras de piedra sanserif, se descargan desde las alturas con la contundencia de un mandato bíblico, absolutamente lejanas de los seres humanos. El único trato que podemos tener con ellas es el de muda contemplación y obediencia, porque provienen de un cielo inescrutable.”. No sólo, decía, por la representación de revoluciones modernas o autoritarismos locales y europeos, sino por su posibilidad de transformación desde el mínimo gesto. Así, cuando el herrero del campo de concentración de Auschwitz da vuelta la letra B del cartel, ejecuta un acto de desobediencia y de fisura del orden nazi establecido: “una sola letra invertida deviene en redentora de sus compañeras”. Pero hay más: tampoco es política solamente por su capacidad de transformación, sino porque es uno de los modos más salientes de la memoria personal e histórica, aquella que se desanda en el recorrido por ciertos carteles (algunos ya inexistentes) de la ciudad de Bahía Blanca, o en las tipografías de la hoja de revista que le regala su maestra de primer grado.

(La reseña completa en BazarAmericano.com, Actualización octubre-noviembre 2010)
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