"Un libro que se debate entre el Yo y los Otros"

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En una reseña que anticipa la inminente salida del quinto número de Esto no es una revista literaria, Valeria Tentoni, autora de Batalla sonora (Manual Ediciones, 2009), explica por qué le gusta tanto Al pie de la letra de Mario Ortíz. 
Valeria Tentoni (Bahía Blanca, 1985)           
Como quinta entrega de los "Cuadernos de Lengua y Literatura", y como parte de la nutrida Colección Bicentenario lanzada por 17grises editora en 2010, Al pie de la letra se debate entre el Yo y los Otros, entre hacer caso o no a la señorita maestra.
Mario Ortíz –o el Mario Ortíz que habita el libro, por momentos un gigante y por momentos un chico, siempre hijo, siempre al costado de la escalera hasta la parra y el padre – insiste en la memoria, en el juego y en el asombro. Eso. Se trata de un libro de asombros. Como tal, se valdrá de la ingenuidad y la inocencia ante las cosas, y las palabras devenidas cosas: existencias pequeñas para un mundo suficiente. Una ciudad suficiente, también: Bahía Blanca. Esta ingenuidad valuada hasta su aprovechamiento como vector de búsqueda, encuentra. Y cómo. Ortíz escribe con un espíritu niño, con la alegría propia de quien está en pleno reconocimiento del mundo, hundido en un embelesamiento envidiable. No digo con esto que se trate de un infantilismo (como atrofia): por cambio, festejo el logro estilístico, la pluma liberada en su vuelo de abeja, la bestialidad en su sentido más profano y total. La bestialidad como recurso, como hambre e instinto, sed, puro ir-hacia-las-cosas.
El pasaje de lo real –la plaza, el colegio, la panadería, los camiones frigoríficos: referencias concretas para un universo concreto- a lo onírico –el rosa que se refleja en el agua, hacia el aula en rebobinado-, se cimienta en el par topografía-tipografía. La fractura en la línea de tiempo hará de Ortíz, ahora hormiguita, un viajante de su propia cronología. El orden y las fechas, por saltos de enroque (que siempre es un movimiento defensivo, en el ajedrez), se transfiguran caprichosamente para dar ojos de niño al que mira desde la adultez.
En la primera parte del libro, las letras y las palabras comienzan a tomar consistencia, forma, deseo. Vida. Y esto no es apenas una nota metafórica: cuando el Yo deja pastar la vista sobre los carteles comerciales que se apelotonan en las calles, y ante el de una panadería, las letras (pequeñas criaturas) cobran voz. “Vengo, diría la letra voluminosa si pudiese hablar por sí misma, de un país no lejano, pero sí extremadamente pobre, de sólo dos dimensiones. Todo horizonte era el trazo invisible sobre el que estaban suspendidas las otras letras, mis compañeras de palabra – mi prójimo…”. Ortíz advertirá que, pese a la aparente fantasmagoría de estos seres, las letras son completamente felices, para nada peligrosas.
La memoria, al servicio del recuerdo de quien jugaba con letras de plástico, duda: “Con el paso del tiempo, algunas cosas se destruyen o se erosionan hasta desmigajarse; otras simplemente se achican, más y más, a veces llegan al tamaño de una cabeza de alfiler y desaparecen (…) Algunas cosas, antes de desaparecer, cantan.”
Y quizás por ese miedo que le entra a Ortíz de olvidarse de algo, es que se convierte -ya en la segunda parte del libro, "Los Otros"- en arqueólogo tipográfico. La tinta como el resto material de estudio: la historia de la tinta y del formato de las letras. Las tipografías como un sistema de golpes, la estratagema de la herida negra en la hoja. Cualquier amante de la literatura estará feliz de encontrarse con un racconto del origen de las tipografías, y sus coyunturas. Ortíz dirá: “…cada uno de los tipos en sí mismo no está desprovisto de un sentido; constituye un lenguaje antes del lenguaje”. Desde los orígenes de la imprenta, el autor excavará las profundidades de ese decir primigenio, ese decir que no necesita todavía de la combinación de letras en palabras, y se basta en la sola forma.
De allí al Neón, la última parte del libro -un sistema de electricidad que soporta, con su intermitencia, el paso de la noche al día, y viceversa- el mismo asombro. El autor no esconde, ya, sus intenciones: “Quiero instalar un corchete en la cabeza de cada lector”.
Ortíz se escribe a sí mismo en el libro, sospecho, para aproximarse a las palabras. Para acompañarlas y dejarse acompañar, para ser palabra lo mismo, y resolverse en la tipografía. Como un anagrama: que contiene su nombre y contiene todos los otros, los que ya no Yo, los que podrían ser en las combinaciones. En esa búsqueda se empecina, llega hasta el origen. La otredad funciona como calibre, como máquina de decir. Pero no son luciérnagas, no es apenas el revoloteo de las luciérnagas abismadas en el azul del neón. Ni el encandilamiento que antecede a la mañana con el último aliento del rojo. No son las letras solas, ni las tipografías solas, ni la lúcida y lúdica forma que tiene Mario Ortíz de escribir su libro. Es una finísima red para nadadores ahogados, sobre un abismo: el lenguaje.
La soberbia potencia del pizarrón en blanco.
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