Marcelo Díaz: Rocky for ever

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A propósito de Es lo que hay (Berreta + Diesel 6002 + Laspada) de Marcelo Díaz (17grises editora, Colección: "Literal/texturas", Bahía Blanca, 2010).

Marcelo "El Negro" Díaz 
Por Matías Moscardi, para BazarAmericano.com
La poesía de Marcelo Díaz tiene, sin exagerar, la potencia de Rocky Balboa. Es lo que hay reúne sus tres libros publicados hasta el momento, libros que, como Rocky, entrenan su pulso de combate contra un costal de carne cruda o trotando bajo la nieve, como un perro helado que ladra para entrar en calor. Digamos: nada los detiene, nada los saca de la cancha, ni la adversidad, ni el clima de época; son invencibles y se escuchan, todavía hoy, casi diez años después, como un disco punk a todo volumen.
Es lo que hay (Berreta + Diesel 6002 + Laspada) no deja dudas: la poesía aparece como imposibilidad de otra cosa, nunca como resignación. Por el contrario: hay el culto del aguante, de la resistencia; no la opción alienante, sino la elección, la voluntad: la poesía como el jarrito azul de tapergüer que usa el “negro Díaz”, en un poema, para apagar los chorizos quemados.
Saldo o resto: no la estatua terminada, sino lo que hay que quitar para darle forma. El acto poético no es un resultado: es lo que hay que sacar para llegar al resultado. Con esos materiales desechados se hace el poema, siempre con una especie de esplendor opacado, como leemos en la serie del Cisne de cemento que abre Berreta: “A su derecha se amontona la chatarra/ que el óxido corroe/ a su izquierda la maleza invade/ los bordes del camino./ Privado de grandeza, conserva, pese a todo,/ un aire digno, cierto estilo,/ entre flemático y banal,/ para disolverse en la intrascendencia”.
  Es lo que hay (17grises editora, 2010)
En Laspada, la patada en bruto se vuelve técnica, decisión formal, adecuación o respuesta a las necesidades de un contexto en continuo cambio, como en un partido de fútbol. A Laspada no le importa el resultado, le importa dejar la vida en la cancha; entonces la poesía asoma precisamente ahí, en su tracción de épica contemporánea, en la afirmación de la actitud de combate por sobre triunfo o el fracaso: “Día tras día,/ semana tras semana,/ mes tras mes y los noventa/ minutos completos que dura el cotejo,/ el Pelado Laspada roe con tenacidad/ el hueso de su torpeza:// marca/ rasca/ muerde/ traba”. Digamos: también hay algo de escritor en Laspada, en su insistencia rústica, algo que tiene que ver con el moldeo de un material que no se deja moldear (la pelota, el poema: la pelota es el poema).
En Diesel 6002, por ejemplo, el Saber se vuelve, otra vez, impulso, acto de amor: “paso firme, desesperación & deber” como el mantra de una mujer que escapa de un psiquiátrico y se roba una locomotora para ir a ver a su novio. Porque en cada centro de atención de la mirada palpita el acto poético en toda su amplitud simbólica: una enamorada que se roba un tren es, más allá de la anécdota, una forma de escribir.
En todos los casos hay una incursión en la herrumbre, en objetos curtidos por el tiempo (estatua, tren, pelota gastada). No en la ruina romántica, mejor: en lo que está a punto de derrumbarse, en la ruina antes de su devenir literario; en el minuto final de un partido que se sabe perdido; en lo que no resplandece, el cemento, el jardín familiar abandonado, en una noche fría sin destellos en donde se cruzan un comic de mutantes y un patrullero que circula, “otorgando a la noche/ su cuota de terror”.

(Actualización agosto-setiembre 2010, BazarAmericano)
La reseña completa AQUÍ.
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