"La apuesta intelectual radica en comprometer la propia praxis"

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Por Agustín Hernandorena*
Su nombre lo tenía de los pasillos de Humanidades, todavía no sé muy bien por qué. La cosa es que, en febrero de este año, mi amigo Guille, fundamental para esta nota, encontró Grotescos (libro reservado para la segunda parte de esta entrevista), en una librería y lo metió en el bolso, camino al sur. Vino sacado con la lectura del libro y me lo pasó. También me saqué, y ahí ando tratando de hacer una lectura crítica.
En medio de todo esto, 17grises avanza y lanza su segunda apuesta: Crespi manda a la calle su tesis El revés y la trama. Variaciones críticas sobre Viñas y lo conocemos junto a Guillermo Goicochea en un bar del centro, entre cervezas y maníes. Esta nota es prueba de ese encuentro, de otro más ameno el domingo siguiente y de una serie de idas y vueltas por correo electrónico.
Nació en el ’76, se graduó de Licenciado en Letras en esta Universidad. Fundó y dirigió, entre 2001 y 2007, los 12 números de la revista La posición. Letras, cultura y política. Integra el comité editor de las revistas La Costurerita. Co-dirige el Proyecto 17 Grises, junto a Guillermo Goicochea. Ha colaborado con en el suplemento cultural Radarlibros de Página/12, con Ñ y con la revista El matadero y la Historia social de la literatura argentina, dirigida por David Viñas. Bienvenidos al mundo Crespi, y esto es solo el inicio.

¿Qué proceso de escritura hay en vos? ¿Escribís asiduamente?
Escribo casi todos los días. De noche, siempre de noche: cuando estoy solo. La escritura tiene sus etapas. La primera es la notación. Hago notas en cuadernos. En el caso de las lecturas críticas, anoto una o dos palabras “claves” al margen del texto que estoy leyendo. Escribo la idea, la intuición del ensayo o el argumento del relato cuando se me ocurre (por lo general justo cuando me acuesto, por eso puteo cuando me tengo que levantar a anotarlo). Después, al día siguiente, trabajo sobre esa intuición. Leo más o menos cuatro horas y otras tantas dedico, a desgano, a escribir. Primero escribo y después leo, sobre todo porque después de leer a Faulkner, Brecht, Kafka o Broch, o a Badiou o Sartre, la verdad, no me queda coraje para escribir.
La corrección es una tarea fatigosa pero necesaria. Lo descubrí después de Grotescos, que fue a imprenta casi sin corrección. El editor decidió publicar esos textos en caliente. En fin, lo hicimos. Por eso el texto está embotellado de erratas, de atropellos gramaticales, de descarrilamientos sintácticos: signos que hoy se dejan leer como síntomas, como momentos en que una verdad histórica busca hacerse oír. Ante el día, la novela corta que acabo de terminar y que nació de la escucha de No es real, el disco de Milton Amadeo, fue corregido casi diría que hasta la transparencia; pero bien sé que esa transparencia es sólo un espejismo, un deseo que ahora me doy a creer.
Con los ensayos es distinto. Escribirlos es más difícil. Es casi como roer un hueso resbaladizo. Los ensayos se escriben fragmentariamente siempre. En la escritura se avanza despacio, a tientas, como si se fuera paso a paso desmalezando un terreno. Hay que corregir mucho, para evitar las inevitables repeticiones primero y después para hacer ameno un género que suele transformarse en farragoso, pero ante todo porque el pulso escritural del ensayo nunca es lineal, sino sinuoso y excéntrico. Crece en todas direcciones, se disgrega en notas, e incluso en tachaduras, prolifera en referencias a otras voces y otros textos; pero además porque la frase del ensayo no es una forma estable. Ella misma no cesa de descomponerse ante los ojos de quien lee como una luz atravesando un prisma: se entona a veces en modulaciones, se encauza en rodeos, se abre en aclaraciones, se desteje en excepciones, se aproxima a través de desvíos. La argumentación (inventio, dispositio, elocutio) es un arte retórico que busca la elocuencia, lo sabemos desde Quintiliano; pero la escritura del ensayo es una experiencia (un saber que arrancamos a lo que está por perecer): implica un proceso que compromete la transformación y el extravío de uno mismo.

¿En qué sentido El revés y la trama es para vos un comienzo?
El revés y la trama se escribió entre 2004 y 2005. En ese momento yo estaba pensando en abandonar la “carrera”, para hacer lo mismo pero desde otro lado. Me había formado tendenciosamente en el área de Teoría Literaria. Había leído al formalismo ruso, al estructuralismo, a Sartre y a Barthes, claro, pero también a Eagleton, a Williams, a Jameson, a Anderson, a Hoggart. Viñas no se daba casi en la Universidad y me pareció buena excusa para meterle mano. Leí su obra crítica sistemáticamente, en unos 6 meses. Pero la ocurrencia de la tesis tuvo lugar tiempo después, en la relectura. Es una tesis que me gusta: liberar una práctica de lectura de clara impronta marxiana de todo imaginario idealista. Era decir y decirme: bueno, acá hay algo donde hacer pié sin ceder un paso, acá hay una lectura que no se apoya en ninguna trascendencia ni en ningún desdoblamiento del mundo. Es una tesis más filosófica que literaria: interrogar las operaciones de la lectura. Recién cuando me senté a escribirla me di cuenta de que ese texto era para mí un comienzo y que tenía que saber qué era un comienzo para tematizar el comienzo de Viñas pero también para pensar el mío. Descubrí entonces el lúcido trabajo de Edward Said, Beginnings. Su lectura terminó de definir el carácter autoreflexivo que por momentos se deja leer en el texto.
Luego vino el trabajo de la escritura, que implicó a la vez un parto y de distanciamiento crítico. No fue fácil. La figura de Viñas era para mí en cierto punto fascinante en términos de imaginario. Por eso decidí empezar drásticamente, poniendo en duda sus propias hipótesis. Comencé por poner en crisis sus enunciados “fuertes” y desmitificar algunas ideas que yo mismo tenía de él o de su obra, y de las que ya empezaba a desconfiar. El resultado es este texto un poco farragoso y que por momentos no se decide si es un intento de seducir o de asesinar al “padre”.
Después la tesis pasó por los requerimientos académicos: fue evaluada. Estuvo bien eso. Finalmente agregué un prólogo, con el punto de partida desde el que había armado la “defensa”. Ahí digo lo que dije en la presentación: que este libro nace de la idea de leer el comienzo de un proyecto crítico que se piensa como intelectual, y que él mismo fue escrito pensado como comienzo de un proyecto intelectual. Para esta edición, casi no toqué el texto del que salió la “tesis”. Tampoco lo volví a leer ya impreso. Pero, viendo al pasar alguna errata, me da a pensar que también ahí habría que leer el brote de una verdad histórica. En todo lapsus, en todo error, en todo desliz hay un síntoma: el de una verdad histórica que nos hace señas. Tenía a favor que el libro había sido escrito en términos ensayísticos, y que no sigue el registro académico estándar; por lo que debería agradecer la generosidad de quienes evaluaron el texto en la Universidad, por haber aceptado evaluar un texto bastante arisco a su retórica.

¿Cuál es hoy el lugar del trabajo crítico intelectual?
Tuve esa pregunta en la cabeza durante toda la escritura de El revés y la trama. Diría más: ese libro es una forma, no de responder, pero sí de lidiar con esa pregunta. Iba con ella a Viñas y volvía con ella a mi propio trabajo. No pensaba el trabajo del “crítico literario”. Pensaba en términos de trabajo intelectual. Eso porque si hay algo contra lo que me interesa pensar mi propia práctica es la especialización. Para mí, escribir ensayo crítico es un modo de resistir a las posiciones que quieren engrillar la crítica y atribuirle valor en función de esa especialización, que es la exigencia concreta de intereses mercadotécnicos. A diferencia del crítico literario o el filólogo, el intelectual es un crítico, a secas. Su trabajo radica en trazar una diagonal entre las series. Eso es leer críticamente: unir dos puntos distantes en el espacio, imaginar, tejer y destejer relaciones entre las series, pensar concurrencias y disidencias. Por eso cuando se acerca a la literatura, no lo hace por motivos estrictamente literarios, si lo hace a la filología o la sociología no lo hace con un interés meramente filológico o sociológico. Las operaciones que realiza cobran un sentido político precisamente en esa exploración de lo naturalizado en la trama de discursos que es lo social. Su trabajo es siempre una intervención situada. Pero es también una forma de resistencia a ese corte que impone límites donde debiéramos saber/poder imaginar pasajes, relaciones, y que nos fija el rol de jugadores de Antón pirulero. Lo decía Barthes: la tarea histórica del intelectual es la de poner en crisis la conciencia burguesa, fragmentar el viejo texto de la cultura, de la ciencia, de la literatura y diseminar sus rasgos según fórmulas irreconocibles, tal y como se trasviste una mercadería robada. Ese no es pues un movimiento de destrucción, no es exterior (no podemos ausentarnos a aquello que nos configura hasta la intimidad); es interior, y de lenta y gradual descomposición. Pero para que ese movimiento sea efectivo, es preciso seguir esa descomposición, descomponer lo que somos, lo que se espera que seamos, en el núcleo mismo de nuestra praxis.
El revés y la trama es un intento de pensar el juego político que hay tras la ruptura con lo que se entendió por praxis intelectual. Es una discusión con la tendencia a declarar la “natural” muerte del intelectual o su reemplazo por una capciosa interpretación de la figura la figura del “intelectual específico”: el paso a retiro del intelectual para imponer la figura del especialista. Esto, que es ya un rasgo frecuente incluso en las líneas más progresistas de la Academia, es ya una práctica conjuratoria: apoyarse en los dichos de algún referente del posestructuralismo para justificar su pasividad activa y su complicidad secreta con el orden en que se apoyan las estructuras del presente.
Quizá me equivoque pero prefiero pensar mi práctica crítica en otros términos. No vivo con culpa ni me atajo ni me espanto ante la palabra “intelectual”. Es una palabra muy fuerte, es cierto. Con una larga tradición de nombres propios. No me cuelgo ese cartel ni me lo descuelgo. En todo caso me interesa pensar para mi trabajo crítico alguna proyección social. Por eso elijo pensar cruzando las disciplinas, porque un crítico literario –y no pienso otra cosa de un sociólogo, un filósofo, un historiador o un psicoanalista–, debe asumir que su práctica se entreteje en la trama de los discursos sociales, en la cual sobrevive en un continuo tironeo de intereses que incluye transacciones, solicitudes, dependencias, correlatos y servidumbres; pero debe asumirse responsable no sólo por su propio lenguaje sino también por el lenguaje de aquellos a los que concede autoridad para construir esa forma cambiante e injusta que llamamos “realidad”. Somos responsables por lo que decimos, pero también por lo que asentimos que se diga. La apuesta intelectual de una práctica no se juega en arrogarse un lugar especial para hablar “en nombre de” (el lugar mesiánico a través del cual el intelectual se pensaba como el lugar de la verdad, de la denuncia y de la queja, para sostener los intereses de una clase que no es su clase). Nada de eso. La apuesta intelectual radica en comprometer la propia praxis en y a la manera de una proyección política. Eso implica anudar el reconocimiento de una posición de clase, claro. Ese es el comienzo: encontrar en uno mismo, en la propia práctica, presente, lo que hay para transformar. Desde esa incomodidad con lo que somos y hacemos de nosotros mismos (y de los otros) es preciso empezar imaginar otros modos de ser, otras formas de luchar contra el imaginario que la propia clase, burguesa o pequeño burguesa, nos impone a nosotros sujetos, escribientes y pensantes, en cierta medida privilegiados en el contexto de una sociedad día a día más injusta, más desigual en la distribución de sus saberes y sus riquezas.

* Nexo. Artes y Culturas, Ed. N° 37, Suplemento Cultural del Periódico Ático.
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