Capitalismo y esquizofrenia

Posted by Proyecto 17grises on 23:47 with No comments
Maximiliano Lagarrigue, autor de Límites de la biopolítica acaba de inaugurar su blog Sobre lo político con una nota de lectura que, acorde con su estilo, se despliega en la fórmula de la serie: "De la Política liberal de las 'buenas formas' a Fanny Games". Reproducimos un fragmento del texto que puede leerse completo en su blog.

El formalismo de la ley (aquel viejo y hegeliano “universal abstracto”) como (in)fundamento jurídico del liberalismo civilizatorio ha sido, y aún es, la condición ontológica indispensable para la expansión capitalista moderna (colonial) y contemporánea (global). Esta conclusión la podemos encontrar apuntada tanto en Marx y en Schmitt como, más cercanos a nuestro tiempo, en Zizek, Rancière o Grüner, por nombrar sólo a algunos. Tal formalismo actuaría como “neutralizador” de la violencia fundacional de lo político, al canalizar a través del andamiaje legal y normativo hegemónico (derechos universales, declaraciones, constituciones, códigos, normas, reglamentos) los distintos conflictos que se suceden en torno a la construcción de las nuevas (y viejas) singularidades políticas. Convertido en una, en apariencia, precaria e invisible malla normativa “exterior” al individuo, lo político quedará reducido a la función punitiva del crimen local e internacional, al (des)control de lo migrante (datos, bienes y personas), a la legislación entorno a los cuerpos y sus diferencias, y a una amplia lista de cuestiones más que se multiplicarán con el paso de las horas, en suma, la política se volverá una biopolítica. Así, lo abstracto de la ley lejos de suspender a una distancia inalcanzable del individuo se ramificará al interior y entre los cuerpos. La anomia no consistirá en la suspensión del derecho, sino en la invisibilidad del marco regulatorio en el que su propio automatismo afirma la prescindencia de las decisiones universales (políticas) del individuo. En efecto, lo abstracto de la ley no será sino como contrapartida esa reglamentación sutil e imperceptible de cada una de las prácticas individuales (a nivel satelital y microscópico), mientras que las prácticas de cada uno de estos individuos tenderán a su universalización y homogeneización como prácticas del derecho (común) privado (el consumo disparado al infinito). Desde el punto de vista económico esta malla jurídica asegura la lubrificación (eficiencia) de los procesos mercantiles al conducirlos por circuitos naturales y regulados; desde el punto de vista del derecho, aquí en sentido estricto, transforma a la política en una cuestión de buenas costumbres, de convencionalismos y de moralina: lo “políticamente correcto”. Sin duda, que todo esto tenderá a relativizar la distancia entre terrorismo y delincuencia, al tiempo que provocará tanto la una como la otra. Pues, la ley en su forma abstracta al extenderse por todos los rincones del cuerpo social, calibrando a nivel microscópico las prácticas de los individuos, provocará, o bien la paranoia de éstos (una ley invisible, aparentemente ausente), o bien su esquizofrenia (la asfixia de una reglamentación que no encuentra sentido alguno). Ante esta situación el fallo que condenará al delincuente y aquel otro que recaerá sobre el terrorista será indistinto, por cuanto uno y otro se reducirá en mayor o menor medida al atentado provocado contra la propiedad (la de la “intimidad” de la vida o la dela “exterioridad” de los bienes). De este modo la convergencia de política y economía, la ramificación incomprensible del derecho sobre el todo social, acabará retornando a su expresión más adecuada y segura: la de una moral de lo “políticamente correcto”: una multiplicidad de convenciones que omiten displicentemente la violencia pero que se aferran al andamiaje jurídico como su único sostén.

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